Texto que leído en clase por el Profesor Luis Antonio Ramirez, resumiendo lo que según Foucault se desarrolló como tecnologías de gobierno del Estado moderno.

Según Foucault, la racionalidad política las sociedades occidentales modernas se caracteriza por una fachada doble: individualización y totalización. Esto nacería, en una primera instancia, de un poder pastoral (idea cristiana que Foucault hace remontar hasta las sociedades antiguas del oriente cercano) que se encargará de la salvación de un pueblo intentando ajustarse paciente y firmemente a cada individuo. En segunda instancia, la otra causa de esa racionalidad, se encontraría en la idea de razón de estado (aparecida en el siglo XVI) y que se desarrolló como el principio que tendía a reforzar el poder estatal. Estas dos tendencias vendrían a articularse (en el siglo XVIII) en la teoría del Estado de policía, es decir, un estado que tiende a acrecentar su poder velando, de una manera meticulosa y minuciosa, por el bienestar de sus sujetos. La implantación de las técnicas pastorales en el cuadro del aparato estatal es para Foucault la matriz de la razón política moderna que transforma los individuos en sujetos y los inserta en unas estrategias globales de gestión de las poblaciones. Él propone entonces llamar “gubernamentalidad” a este proceso que habría conducido de la pastoral cristiana al estado de policía, prolongándose hasta las sociedades contemporáneas a través del bio-poder (seguridad, territorio y población). Lo que Foucault entiende por “gobierno” no es la simple instrumentalización de la fuerza por un Estado cada vez más masificante, sino una figura original del poder, articulando técnicas específicas de saber, control y coerción. Las relaciones de poder son entonces definidas históricamente por cierta racionalización. Es por ello que la crítica de la razón política no consistiría en reelaborar el proceso de la razón misma, sino en mostrar qué efectos de dominación ha producido la racionalidad gubernamental (¿cómo gobernar a los individuos?) desarrollada en occidente desde el comienzo de los tiempos modernos.

Aquello que Foucault denominará “el arte de gobernar” comprende tres elementos: la transferencia de las voluntades individuales a un poder soberano, la relevancia del aparato estatal y de un conjunto de técnicas para conducir (dirigir) a los hombres, técnicas de producción de comportamientos corporales (las disciplinas), pero también técnicas para conducir las almas (pastoral cristiana). Por “gobierno” Foucault entiende el conjunto “de técnicas y procedimientos destinados a dirigir la conducta de los hombres” (curso de 1980, le gouvernement des vivants); en esta definición, él especificará que la “gubernamentalidad” se esfuerza en conducir las conductas humanas estableciendo dispositivos de seguridad.

Según Foucault, el liberalismo desarrollado en el siglo XVIII no puede ser interpretado unilateralmente como la construcción de una ideología liberal que marca y cubre los mecanismos disciplinarios cuyos blancos principales son los comportamientos individuales (niños, soldados, obreros, etc.). Lo que plantea ya Foucault es un cierto juego que corresponde a lo que él denomina como biopolítica (control + seguridad). Control y seguridad encuentran en la vida su valor principal, pero también su límite. El control que se ejerce sobre una población sólo tiene sentido en tanto él obedece a esta población misma, para garantizar su seguridad. El liberalismo corresponde aquí a este nuevo juego de mecanismos de  poder fijado por el control y la seguridad de una población.

Foucault opone el modelo del Estado policía al del gobierno liberal. Mientras en el primero el principio que rige es el de “nunca se gobierna demasiado” (hay muchas cosas que se escapan al control administrativo), en el segundo el principio reza “siempre se gobierna demasiado”.  Y entonces aparece la pregunta: ¿Cómo gobernar entonces si siempre se gobierna demasiado? Esta es la pregunta que según Foucault hace del liberalismo una práctica de gobierno original, vinculada en su funcionamiento a la crítica permanente de ella misma (principio de limitación intrínseca, autorregulación).

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